
Esa mirada de complicidad me ardió como un jalón de orejas. No pude evitar buscarme problemas con mi madre, o inclusive provocar tu enojo, en contra de tu anticuada tía, así que sin dar lugar al arrepentimiento, me lancé al ruedo:
—Javier, no va a gustarte, pero tengo que decirlo. Y conste que no me escondo y lo hago frente a tu abuela.
Nadie mejor que mi madre para entender el daño que hace el consentimiento. Ella ha sufrido las consecuencias. Aunque tú, que no eres nada tonto, ya debes saber como funciona, la vida de cada uno de tus tíos. Así que aunque les pese, delante de ti le digo que debe abandonar esta actitud contigo y sobre todo, no hablarte de brechas generacionales, entre tu madre y tú.
Yo se que Sonia es inflexible, pero esa disciplina es necesaria, para saber hasta donde puedes llegar, sin descarriarte. Un día vendrá, en que habrás de agradecer los límites impuestos.
No se desató la tormenta que temía. No hubo gritos ni sombrerazos, sólo un silencio largo, largo, que dejé que corriera, sin pretender cortarlo antes de tiempo.
Esto no tendría que contártelo, tú fuiste parte y eres testigo, pero es necesario introducirlo como preámbulo de lo que bien importa:
******
Mi corazón arde, no es amigo del silencio. Aún así este compás obligado por razones de salud lo ha mantenido cautivo.
La fecha del 25 de noviembre, cuando la violencia se desató para mantenerse después latente, no dejó sólo recuerdos.
Desde diciembre, los análisis mostraron que mi organismo perdió nuevamente el rumbo. La diabetes por herencia familiar, fue desde siempre una espada sobre mi cabeza, que tuvo al fin motivos suficientes para descargarse y no es eso lo peor, apenas a seis meses de inaugurado mi ingenio azucarero interior, el médico me atemoriza con amenazas de glaucoma.
El deterioro de mi vista ha sido tan veloz que aún no me acostumbro a cabalgar los lentes sobre mi nariz a toda hora del día, ni al uso de gotas para la presión ocular cada noche, y ya suspiro cada minuto por volver a mis horas de libertad ante la pantalla azul de mi computadora y sobre todo a la lectura de tu blog y a tu amorosa compañía.
Por si esto fuera poco, vuelve la ira para aposentarse en las calles de mi ciudad, para romper la delicada trama de esperanza que entre todos, con timidez, empezamos a restaurar a partir de diciembre.
¡Con cuanto amor retomamos la vida y con cuanta fuerza los vientos vandálicos vuelven a estremecernos! El futuro es incierto, pero el hoy cuenta y clama porque no abra la puerta a la caja de Pandora. Ya conocí su poder el pasado año, así que intentaré no desandar lo andado.
Para exorcizar a voluntad lo negativo, retomo nuestra historia donde antes la dejé y espero que nos mantenga unidos.
Porque yo así lo quise... estoy desamparada.
Las palabras que he escrito, han sido responsables de mostrarme desnuda...
martes, julio 17, 2007
No se desató la tormenta que temía... una diferente amenaza ahora
sábado, junio 30, 2007
Hace doce años que nos dejó y era el menor de todos

También dije que ver a mis hermanos estremece. Aún así, ya quisiera abandonar resentimientos, y estremecerme mirando a Ignacio Javier, con tal de poder verlo.
Hace doce años que nos dejó, y era el menor de todos.
No es nada fácil escribir hoy; lo que antes no dije aquí, aunque si lo hice en un compendio de anécdotas que escribí para Javier Ignacio, su hijo.
Leído fuera de su contexto voy a sonar como una bruja, aún así, paso por ello, pues lo que busco es fluir.
El Anecdotario lo inicié el mismo día de la muerte de Nacho. Javier su único hijo recién decía papá, tenía entonces un año y pocos meses hoy que tiene trece y aún no lo recibe. Esta es su parte final:
“…A tus trece años, cuando te escucho contar delante de tu abuela, con voz enardecida, la proeza de tus primeros pleitos en la escuela, no puedo dejar de preocuparme, porque en ti, escucho hablar a Nacho.
Hace varias semanas, que en tu visita de los viernes a casa de tu abuela, te marchas a hora más temprana y le dices a ella, que acudes a verte con amigos. Tengo entendido que esos amigos, son más grandes que tú, y no le gustan a tu madre, así que vas, sin permiso de ella.
El último viernes, faltando veinte para las cinco ya no estabas, y tu mamá llamó a las siete y media de la noche, para preguntar por ti.
Tu abuela, con una gran sonrisa, me comentó en tu presencia, que ella le mintió a tu madre, diciendo que te habías salido quince minutos antes.
—Entre Javier y yo no existe brecha generacional— me dijo y continuó:
—En cambio Sonia; ya ves que es radical. No lo entiende— y se miraron ustedes como amigos y cómplices.
Confesiones que el tiempo ha sepultado
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- lety ricardez
- Sólo al llegar a los cincuenta, percibí que aún tenía mucho por conocer; por aprender, y también por vivir. Han pasado siete años desde que renací y los he gozado día por día.
Comparto contigo el albúm familiar
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