
Mi papá todavía enfermo tuvo que levantarse. No nos dejaban hacer ruido porque él estaba acostado y cuando yo lo alcancé, ya estaba en la puerta de la calle, abotonando su camisa y el pantalón le colgaba sin cinturón.
Ni siquiera se agachó para que lo besara, salió corriendo. Desde la puerta le gritó a mi madrina:
—Comadre, por favor póngale un telegrama a mi mujer, dígale que se venga, que si es necesario pida avioneta especial—.
Mi madrina, llorando acabó de vestirse y salió sin revisar la tarea, ni le dijo a Cata la muchacha lo que íbamos a comer. Cata que era muy consentidora, no tenía ganas de hablar. Tanto la molesté que me dijo:
—Mataron a tu tío Rubén, eso es lo que pasó y no les digas a tus hermanos ni me preguntes más, porque me voy a enojar contigo y no vuelvo a jugar—
Aunque quería preguntar me asustó y me quedé callada, pero en mi cabeza le daba vueltas y vueltas a lo que oí: Avioneta especial ¿para qué? Mataron a mi tío Rubén. ¿Mataron, y eso que es? Tenía que ser algo muy malo, porque la que no estaba enojada lloraba y no había a quien preguntar.
El martes a la hora del recreo, lo que decían mis amigos era peor que no saber.
Uno dijo que un policía lo mató, otro que el preso llevaba pistola, alguien dijo que se escapaba y por eso el policía disparó. Todos decían que el policía era el malo y mi abuela podía pedir que lo encerraran. Del que escapaba también dijeron que fue al entierro de mi tío para decirle adiós.
Él fue y a nosotros no nos dejaron ir a despedirnos, así que cuando yo pensaba en el preso, sentía que el corazón me quería ahogar.
—Comadre, por favor póngale un telegrama a mi mujer, dígale que se venga, que si es necesario pida avioneta especial—.
Mi madrina, llorando acabó de vestirse y salió sin revisar la tarea, ni le dijo a Cata la muchacha lo que íbamos a comer. Cata que era muy consentidora, no tenía ganas de hablar. Tanto la molesté que me dijo:
—Mataron a tu tío Rubén, eso es lo que pasó y no les digas a tus hermanos ni me preguntes más, porque me voy a enojar contigo y no vuelvo a jugar—
Aunque quería preguntar me asustó y me quedé callada, pero en mi cabeza le daba vueltas y vueltas a lo que oí: Avioneta especial ¿para qué? Mataron a mi tío Rubén. ¿Mataron, y eso que es? Tenía que ser algo muy malo, porque la que no estaba enojada lloraba y no había a quien preguntar.
El martes a la hora del recreo, lo que decían mis amigos era peor que no saber.
Uno dijo que un policía lo mató, otro que el preso llevaba pistola, alguien dijo que se escapaba y por eso el policía disparó. Todos decían que el policía era el malo y mi abuela podía pedir que lo encerraran. Del que escapaba también dijeron que fue al entierro de mi tío para decirle adiós.
Él fue y a nosotros no nos dejaron ir a despedirnos, así que cuando yo pensaba en el preso, sentía que el corazón me quería ahogar.
Empecé a soñarlo en las noches y mis sueños eran feos, soñaba que lo atropellaban, o si entraba por la ventana, yo peleaba con él. Desde entonces para poder dormirme tenía que hacer la cruz y esconderla bajo la almohada para que no viera, si llegaba a venir, que yo le tenía miedo. Ese miedo no se si venía de él o de mis pensamientos acerca de él.
También dejé de hablar de mi tío Rubén, porque a veces no sabía si estaba enojada con el preso, o estaba enojada con mi tío; o a lo mejor estaba enojada con los dos, pero nadie me lo preguntó, así que preferí callarme y empezar a creer que a mi tío lo había inventado yo.
No era difícil quedarse callada cuando nadie oía lo que preguntabas…
Ni cuando al libro azul de los cuentos lo encerraron en un ropero y nunca nos lo volvieron a prestar.
Pero sobre todo me callé, cuando en el costurero de la abuela apareció un retrato que decían que era mi tío, pero no se parecía a él. Tenía puesto un traje negro que nunca le conocí.
Cuando todavía me animaba a preguntar, la muchacha de mi abuela, me gritó enfadada que dejara de dar tanta lata, que lo enterraron porque se murió y punto final.
Así que morirse era punto final. Era irse sin avisar, era irse y que nadie quiera hablar de ti.
Con razón: Así se había ido antes el hijo de mi madrina y entonces ella cerró todas sus ventanas y ya no se quiso reír.
A su hijo, desde que lo conocí era retrato. Nunca lo vi de verdad, ni jugué con él.
Se llamaba Jorge y ella decía que era un buen hijo, que nunca se portó mal. Así que cuando yo rezongaba o le alzaba los hombros a su mamá, me daba miedo que se saliera del retrato a regañarme. Así que me hacía la valiente y me paraba a hablarle en el pasillo y lo convencía que no saliera, que ya me iba a portar mejor.
Ahora cada vez que podía entraba de escondidas al costurero de mi abuela y me paraba enfrente del retrato que era mi tío para verlo pestañear. Yo se que si me hubieran dejado seguir mirándolo lo hubiera convencido de venir. Pero siempre había una tía que se encargaba de quitarme de ahí.
Como mi madrina volvió a estar triste, ya no quiso llevarnos con mi abuela. Así todo fue más fácil. Sin volver a Crespo 22 pude olvidarme del preso y llegué a creer de verdad, que había inventado a ese tío Rubén.
Violeta me alegró. Ahora se que el preso no era como Strómboli; o Garfio, el enemigo de Peter Pan.
También dejé de hablar de mi tío Rubén, porque a veces no sabía si estaba enojada con el preso, o estaba enojada con mi tío; o a lo mejor estaba enojada con los dos, pero nadie me lo preguntó, así que preferí callarme y empezar a creer que a mi tío lo había inventado yo.
No era difícil quedarse callada cuando nadie oía lo que preguntabas…
Ni cuando al libro azul de los cuentos lo encerraron en un ropero y nunca nos lo volvieron a prestar.
Pero sobre todo me callé, cuando en el costurero de la abuela apareció un retrato que decían que era mi tío, pero no se parecía a él. Tenía puesto un traje negro que nunca le conocí.
Cuando todavía me animaba a preguntar, la muchacha de mi abuela, me gritó enfadada que dejara de dar tanta lata, que lo enterraron porque se murió y punto final.
Así que morirse era punto final. Era irse sin avisar, era irse y que nadie quiera hablar de ti.
Con razón: Así se había ido antes el hijo de mi madrina y entonces ella cerró todas sus ventanas y ya no se quiso reír.
A su hijo, desde que lo conocí era retrato. Nunca lo vi de verdad, ni jugué con él.
Se llamaba Jorge y ella decía que era un buen hijo, que nunca se portó mal. Así que cuando yo rezongaba o le alzaba los hombros a su mamá, me daba miedo que se saliera del retrato a regañarme. Así que me hacía la valiente y me paraba a hablarle en el pasillo y lo convencía que no saliera, que ya me iba a portar mejor.
Ahora cada vez que podía entraba de escondidas al costurero de mi abuela y me paraba enfrente del retrato que era mi tío para verlo pestañear. Yo se que si me hubieran dejado seguir mirándolo lo hubiera convencido de venir. Pero siempre había una tía que se encargaba de quitarme de ahí.
Como mi madrina volvió a estar triste, ya no quiso llevarnos con mi abuela. Así todo fue más fácil. Sin volver a Crespo 22 pude olvidarme del preso y llegué a creer de verdad, que había inventado a ese tío Rubén.
Violeta me alegró. Ahora se que el preso no era como Strómboli; o Garfio, el enemigo de Peter Pan.
El verdadero regalo no es el que no encontró, sino el relicario con fotos que hoy llevo sobre el corazón. Es como si mi tío Rubén dejara de ser retrato y volviera para decirme adiós.
***
Esta imagen no corresponde a la historia.
Como no logré encontrar una de mi ciudad, la coloqué sólo para ubicarnos en el tiempo. En mi recuerdo todo sucedió un domingo, y ahora veo que así fue. Era día del maestro y yo no había cumplido aún los siete años, faltaba poco para ello, puesto que nací el 3 de julio del 48. No se si el lenguaje corresponde a la edad cronológica, pero puedo asegurarles sin ánimo de faltar a la verdad que tal como se los cuento, así pensaba yo.
A esta historia aún le queda mucho camino por recorrer. No ha pasado por el taller y no se si pasará. Ni siquiera se si tendrá un lugar entre mis textos, lo único que tengo claro es que en verdad necesitaba fluir y ¿sabes? tengo muchos otros recuerdos a los que les tenía puesto un tapón.