jueves, marzo 23, 2006

III.-Cuando era niña la familia grande se reunía los domingos

Cuando era niña todos los domingos, sin faltar uno, la familia grande se reunía en la casa de Crespo número 22, ahí vivía mi abuela. Ahí llegaban los nueve hermanos de mi papá con su propia familia y podíamos reunirnos veinte primos a la vez.

Aunque la casona era grande, no se cómo aguantaban mis tías y la abuela ese corretear de niños por todos los pasillos y las tres mesas que debían servir para el pequeño ejército familiar. En la primera mesa tomaban asiento los más chicos y por supuesto que a mis siete años escasos mi lugar estaba ahí.

Mi tío Rubén tenía su sitio en la misteriosa y codiciada mesa de los grandes, pero él prefería sentarse con nosotros abandonando sin pena sus privilegios. Nunca oí que lo mandaran lo hacía por gusto y nos hacía reír. Mientras servían la sopa era capaz de sacar una moneda de la oreja de un primo, o sorprendernos cuando de la nada hacía aparecer un juguete habíamos dado por perdido el domingo anterior.
Él organizó el entierro de un gato que amaneció tirado en la puerta, flaco y desgreñado, patitieso también. Nos forró un cajón con papel de china y engrudo, presidió el desfile y la procesión. Hasta concurso de llorones hubo y cada uno con su vela encendida cantó además a todo pulmón.

Muchos domingos, mientras los grandes estaban entretenidos, nos dejaba meter los pies en el agua de la fuente y él si que sabía poner calcetines y hacer nudos a los zapatos, nosotros no.

Sus manos eran mágicas, cuando movía o doblaba sus dedos, salían figuras de animales. Los fabricaba en una ventana pequeñita que se asomaba al patio. Los animales brotaban desde sus dedos y pasaban a la luz de la vela para volverse sombra en la pared del cuarto de mi abuela. Ahí nos sentaba a todos sobre el piso para ver la función.

Si después de repetir y repetir todos los animales que sabía hacer, nos veía inquietos en el cine, oficiaba de lector. Ponía sobre sus piernas El libro de Oro de los Niños, un pesado y grueso ejemplar azul. Tan grande era, que una tapa quedaba sobre sus piernas y la otra había que ayudar a sostenerla así que peleaba por sentarme cerca de él. Mi tío subiendo y bajando la voz lograba que los cuellos se estiraran, se hundieran, o voltearan a su placer.

Nos enseñó a caminar de puntitas, con el dedo índice frente a la boca haciendo shshshshshs, así nos sacaba de uno en uno a la banqueta, para ir a cortar moras. Esos frutos entre ácidos y amargos eran un horror que nos gustaba comer. Cuando el oscuro jugo escurría, era fascinante estrenar la lengua en morado y embarrarse la cara. No era raro que a pesar de sus cuidados se nos manchara la ropa y ahí se ponían buenas las cosas porque había que lavar. Mi tío Rubén se hincaba y restregaba duro y dale con el jabón, mientras nosotros quitadotes de la pena, jugábamos con el agua a más no poder. En ninguna otra casa de Oaxaca había un arbusto de moras en la calle. Tampoco creo que en otra casa hubiera un Tío Rubén.

Cada domingo inventaba cosas. El árbol de la casa siempre estaba cargado y él se trepaba a cortar toronjas, para luego pelarlas con una navaja que era nuestra envidia. Tenerla significaba ser mayor. Cuando insistíamos en tocarla y nos poníamos necios, lanzaba un seco no. Luego para contentarnos, inventaba jugar a las guerritas “de liga ligazo” con la pulpa blanca que tiene la toronja debajo de la cáscara.

Ay cómo se carcajeaba con eso de las toronjas! Echaba la cabeza hasta atrás y se desternillaba de risa cuando hacíamos gestos por lo ácido de los gajos que servía en un platón. Lo que nunca le dije es que también yo me reía de él, porque a veces la toronja estaba dulce y hacía gestos sólo para verlo así.

Mi tío Rubén tenía el pelo rizado. Los chinos le caían despeinados sobre la frente y sus dientes que sabían pelar la caña más dura se asomaban mucho al reír.

***Mi papá estuvo enfermo en esa primavera. Dicen que era una cuestión nerviosa y el doctor lo había medicado para que durmiera tres días atrás. Así que ese domingo no fuimos con mi abuela, pero ella quiso que mi tío fuera a la casa para llevarle unas manzanas y preguntar por su salud. Contra toda costumbre, el siempre-obediente, se negó a ir.

—Mamacita, no me mande usted por favor. Quiero ir a la matiné, hay una película muy buena.—
—Que matiné ni que nada— le contestó mi abuela. Eres un desagradecido. Raúl es tu hermano mayor y todos ven por nosotros desde que murió tu padre. Te me vas ahora mismo a verlo y le llevas la bolsa de manzanas que está sobre el trinchador.

—Ay mamacita, por favor, por favor— repitió, aunque ya iba rumbo a la puerta.

—Está bien, ya voy, pero no se me enoje— y con cara de travesura abrió la bolsa de manzanas y se metió una en la boca, retándola a que le dijera algo.
Mi abuela simplemente movió la cabeza mientras alcanzaba a decirle, —nada más no te las acabes, muchacho desordenado— lo dijo y sonrió.

11 comentarios:

fgiucich dijo...

Es la magia del tío de nuestra infancia, que nos deleitaba como la llegada de un circo, cuando todos corríamos tras las comparsas. Ha tocado Ud. fibras de una emoción que permite que la gota de una lágrima se deslice por la mejilla. Abrazos.

Olie dijo...

Tuve dos tíos por parte de padre: Antonio y Santiago. Ambos eran muy rucios y de ojos azules. El primero, era bajo de estatura y callado. Cuando mi abuelo croata falleció, al ser el mayor, asumió la responsabilidad de ayudar a su madre a criar a sus hermanos (mi padre era un bebé de tres meses). El segundo de los nombrados se empinaba sobre 1,85 mts. y sólo era tres años mayor que mi papá.
Era buenmozo y tenía una personalidad arrolladora. Cuando pasaba por Antofagasta (vivía en la capital), desde la Zona Franca de Arica en la década de 1960 traía unos chocolates peruanos: largos y de envoltorio color rojo (D'Onofrio)...
¡Todo lo que me hizo recordar tu tío, amiga Lety!
Me ha fascinado tu historia:
Olie

indianguman dijo...

A mí también me gusta especialmente esta entrega de la historia
Logras transmitir muy bien la magia de ese mundo infantil aliado a la complicidad de tan adorable personaje, Rubén

duele ya imaginar lo que prosigue en la historia...

Apapachos!

Hannah dijo...

¡Ah, ese tío especial, que aparecía cómo un mago poseedor de todos los secretos y todos los encantamientos, con un poder y una sabiduría inagotables y con el bálsamo necesario siempre a punto!
También yo me emocioné leyendo, ya que, casi sin darme cuenta, me hiciste aterrizar a mi propia niñez, allá en Bahía Blanca -Argentina- en la casa de mi "nona"...

Un abrazo entrañable, hermanita

Hannah

Mary Carmen San Vicente dijo...

Lety, ya vengo leyendo qué bárbara me tienes con el ojo [] cuadrado amiga, además deja que te cuente que ya me dí un viaje a tu querida tierra viendo las fotografías de tu album, quéeeee lugar, de esos lugares en los que uno quisiera vivir sus años de oro. Un día de estos agarro maletas, niños, vendo todo y terminamos de vecinas ¿qué te parece? jaja

(ahhh que vecinita te caería ehhh!)

Un beso grande grande GRANDEEEE !

Silencio V_2.0 Release 3 dijo...

Uchas me dolio, demonios, los domingos eran de los abuelos maternos, se fueron y si, nada fue lo mismo. Nel ahora me toca visitar a mis padres, no hay nietos, la estirpe se terminó con nosotros, así que nos no natos no tendrán que extrañar a sus abuelos, como nosotros extrañamos que no hayan llegado niños nuevos a la familia.

Saludos

el blog de pepi dijo...

Que historia más linda la que nos entregas Lety, la magia de esos años, los recuerdos de ese tío. Gran personaje ha de ser "el tío Rubén", me evocas momentos perdidos de mi niñez, pero a la vez es muy lindo volver a vivirlos en retrospectiva. Las escenas de tu historia se me vienen a la mente como en color sepia y olor a primavera.
Un beso grande.

Amy dijo...

Mi querida Lety, nos encontramos en la tónica de las remembranzas de la niñez. Tú con todo los lindos instantes vividos al lado de esos seres que dieron tanto refugio y solaz a tu alma; yo, con mis recuerdos de la Primera Comunión. ¿Estaremos nostálgicas amiga? Mas nostálgicas o no, qué lindo traer a la memoria instantes idos, pero sólo en el tiempo, pues en nuestra memoria y en nuestro corazòn permanecen por siempre. Así ocurre otro tanto con los seres amados, que un día estuvieron y luego marcharon para siempre. De ellos sólo se fue su cuerpo, su materia, pues su espìritu vive en nosotros, y por ello me atrevo a decir, que triste el que muere para siempre, porque es olvidado; y dichoso aquel a quien sólo se le muere el cuerpo, mientras que su espíritu, su esencia, lo que fue, lo que dio y vivio, permanece, late y vive sacro, en los corazones de los seres que tuvieron el gozo de compartir su vida.
Que Dios te bendiga querida Lety

JM dijo...

Mis recuerdos de la niñez es algo que atesoro,tuve un tío que ocupó el lugar de mi padre, cuando nos abandonó. Luego de mayor mi tío se alejó de mi vida y todavía desconozco la razón. Me apena mucho.

Laura dijo...

Los ojos de la infancia nos devuelven estampas sin parangón. Con el paso de los años, nuestros ojos se cansan y no ven como en la infancia. Hasta el dolor es distinto en la infancia! No menos doloroso, "pero oxigenado". No sabría explicarlo con palabras.

Michelle dijo...

Querida Lety: estoy sumergida en mi trabajo...y no he tenido tiempo para escribir, ni para comentar, sin embargo para que sepas he leido tus post y me ha encantado el de la niña que visitaba la casa grande, con los juegos....YA VOLVERÉ,jajajaj.te lo prometo..

Gracias por leerme, tú das razón de ser a este blog